Un asunto de responsabilidad

Un asunto de responsabilidad
Mtro. Ulises Cedillo Bedolla
Platica impartida en el evento de Bienvenida a la Generación 2026-2030
Licenciatura en Pedagogía
Auditorio Lauro Aguirre
18 de agosto 2026

El propósito de esta breve plática es, por un lado, ver si consigo despertar un poco de asombro en ustedes respecto a lo que es la educación. Y por otro, sumar condiciones favorables para la toma de conciencia de lo que supone encararse y encargarse de la educación, de su estudio e intervención. No pretendo espantarlos, solo dar pistas que les permitan dimensionar la responsabilidad que asumen al estudiar pedagogía, y para ello me apoyaré de dos personajes principalmente, uno de la antigüedad y otro de la contemporaneidad.

Desarrollo
Seguramente muchos de ustedes han escuchado hablar de Aristocles, mejor conocido como Platón, sobrenombre que recibió por su ancha espalda. Ya en la antigüedad eran creativos con los apodos. A Diógenes, el filósofo cínico, le llamaban "el perro", apodo que aceptaba con orgullo; a Aristóteles, "el Estagirita"; y a Sócrates, "el tábano", por sus preguntas, consideradas igual de incómodas que la picadura del insecto que lleva su nombre.

De regreso con Platón, quizá lo que hemos oído de él es que escribió la alegoría de la Caverna, la fábula filosófica más famosa de Occidente contenida en uno de sus diálogos: La República, en el libro VII (Hurtado, 2024). Si no ha sido así, si no hemos leído u oído de esta alegoría, no se las voy spoilear, porque seguramente la estarán revisando en su asignatura de Filosofía de la Educación, o lo harán más adelante, en segundo semestre, en Teoría Pedagógica: Génesis y Desarrollo, o más adelante, en sexto semestre, en Epistemología y Pedagogía.

Lo que sí puedo decirles, es que con la alegoría de la Caverna, los profesores del colegio de pedagogía buscamos acompañar a nuestros estudiantes en una de las más interesantes preguntas que nos atraviesan como humanidad: ¿Qué es el conocimiento? ¿Qué distingue a una opinión o creencia del conocimiento verdadero? Dicho de otro modo, de acuerdo con Hurtado (2024), esta alegoría es el referente clásico de la pregunta por la verdad.

Pregunta honesta para ustedes jóvenes: ¿Consideran que ser portador de verdad suma puntos de aura?

Con su alegoría, Platón estableció una relación de dependencia entre la verdad y el bien (Hurtado, 2024) ¿Qué quiere decir esto? Pongamos un ejemplo: supongamos que en este momento apagan las luces de este auditorio y nos quedamos en total oscuridad, por tanto dejamos de ver los objetos a nuestro alrededor, esto quiere decir que aunque los ojos nos permiten ver las cosas, es a condición de que haya luz que las ilumine. Para Platón, el bien es esa la luz que nos permite ver las cosas como realmente son. La idea del Bien es la generadora de la verdad, si no pudiéramos verlas con la luz del bien no seríamos capaces de conocerlas a plenitud (Hurtado, 2024).

Se preguntarán, ¿por qué es tan importante la verdad? Y lo es, porque si falta no podemos decir con seguridad que entendemos la realidad en la que vivimos, ni conducirnos sabiamente. Su olvido, por mencionar algo, nos ha sumido en la epidemia de las Fake news, ahora agudizada en tiempos de Inteligencia Artificial Generativa, es por eso por lo que decimos que el “tema de la verdad toca de manera íntima y directa, la cuestión acerca de la vida humana; mejor dicho, de la vida humana valiosa” (Hurtado, 2024, p. 40).

Ahora bien, retomando el ejemplo del auditorio a oscuras, qué sucede cuando prenden la luz: nos encandilamos, es decir, nos deslumbramos. Pues para Platón somos personas que hemos vivido en la obscuridad de una caverna, por tanto, no conocemos la verdad de las cosas, pero quienes se atreven a salir de ella (porque también hay quienes permanecen de manera voluntaria en el oscurantismo) deben habituar sus ojos al resplandor. Esa preparación para acceder a la verdad representa un proceso de formación humana que los griegos llamaron Paideia.

La Paideia (que seguramente escucharán mucho durante su pasar por esta universidad) fue el gran proyecto educativo griego, su ideal fue alcanzar la forma humana más alta posible a través de un proceso intencionado. El ideal de humanidad contenía, por decir poco, el conocimiento las leyes que gobiernan la naturaleza, la condición humana y las normas de conducta individual y social (Jaeger, 2024). La Paideia tomó estos conocimientos para formar en ellos, pero también se volvieron su fuerza formadora (Jaeger, 2024), es decir, principios, medios y fines. No había más fin que la formación humana. Se trató pues, de una acción educadora que “abandona la idea de adiestramiento según fines exteriores” (Jaeger, 2024, p. 11), y que propugna por dar forma a la persona acorde a la esencia humana. A esta acción educadora es a la que “puede aplicarse propiamente la palabra formación, tal como la usó Platón por primera vez” (Jaeger, 2024, p. 11).

La forma en la que planteó Platón el asunto de la verdad (como eterna y perfecta pues participa de su mundo de las Ideas) no ha estado exenta de objeciones, basta echar un vistazo a las obras de Aristóteles, Nietzsche, Vattimo y Rorty, por mencionar algunos, pero no es el caso ahora presentarlas. En su lugar, es propio ponderar sus implicaciones en la educación, pues como hemos oído, la herencia platónica le asignó una responsabilidad mayúscula, para el caso, el de la formación humana, télos del que surge una pregunta inquietante: ¿Al educar realmente podemos formar y escapar de la tentación de la fabricación? Al respecto, Philippe Meirieu en su obra Frankenstein Educador nos da unas pistas.

En atención al trabajo de Francis Imbert, Meirieu (2010) comenta que la fabricación, que se asocia a la poiesis, es un proceso de creación que se detiene al alcanzar un objetivo, y que trata al “otro” como una cosa, como un producto. Reducir la educación a la fabricación sería tratar al educando como un objeto, pues se estaría operando según fines externos a su condición humana. Por el contrario, la educación es praxis, esto es.

una acción que no tiene más finalidad que ella misma: aquí ya no hay objeto a fabricar, [ninguna] representación anticipada […] que lo encierre, [sino] un acto a realizar en su continuidad, que nunca termina de veras porque no comporta ninguna finalidad externa a él mismo. (Meirieu, 2010, p. 62)

Pero, así como está latente la tentación de la fabricación, Meirieu (2010) nos alerta de otra (su opuesta): el paidocentrismo. En el paidocentrismo se niega que el educando llegue desprovisto al mundo, por lo que los fines educativos los establece él acorde a sus necesidades inmediatas y caprichos, de modo que el papel del educador se reduce a configurar un entorno en el que se haga lo que el educando quiere aprender y quiere hacer, y muchas veces se termina haciendo lo que ya es capaz de hacer (Meirieu, 2010). Por eso, también debemos preguntarnos si al educar realmente podemos formar y escapar de la tentación del paidocentrismo, que en el fondo es una forma de la abstención pedagógica, que deja al educando en la oscuridad, en la caverna.

El paidocentrismo ingenuo ha llevado a lecturas tergiversadas de importantes obras pedagógicas, como la de Paulo Freire, y hecho creer que el brasileño rechazaba el papel directivo de la educación, cuando en realidad la reconocía como inherente a ella. Freire (1992) menciona que “Cualquiera que sea la calidad de la práctica educativa, autoritaria o democrática, es siempre directiva” (p. 83), es decir, la directividad no es incompatible con una educación democrática y respetuosa; el problema no es la directividad en sí, sino cómo se ejerce: a través de la imposición autoritaria o en un marco de respeto y diálogo. En su lugar, las prácticas docentes paidocentristas prefieren enterrarla, y optan por el laissez faire, laissez passer, esto es, por la abstención pedagógica.

El paidocentrismo, en realidad, mantiene al educando en un estado de dependencia, y lo priva de los retos y exigencias necesarios para su desarrollo, lo que lo hace incapaz de afrontar y superar las desigualdades del mundo, de entender lo que sucede en él mismo, se vuelve prisionero de sus caprichos y a expensas de toda clase de manipulaciones, y por tanto, susceptible de ser cooptado por fundamentalismos, condenando así su futuro (Meirieu, 2010). Por lo tanto, es legítimo aún sostener una relación entre la verdad, el bien y la educación, quizá no desde los presupuestos metafísicos de Platón, pero sí axiológicos, pues ante la ausencia de esta (la educación), nos alejamos de la verdad, del entendimiento del mundo, del bien obrar, del buen vivir, esto es, de una vida valiosa.

La educación, nos dice Meirieu, es y debe ser un encuentro: un proceso cara a cara en el que el educador introduce al recién llegado en el mundo que le precede, es decir, al centro no está el educador ni el educando, sino el mundo, particularmente: cómo es presentada la relación del sujeto con el mundo, y si esa presentación permite que el sujeto entre al mundo y se sostenga en él (Meirieu, 2010). Pero tampoco se trata de imponer una verdad inmutable, sino de presentarle el mundo al educando a través de “las interrogantes que plantea la cultura en su forma más elevada […] e incorpore los saberes elaborados por los hombres en respuesta a esos interrogantes … [y en la búsqueda de la verdad] los subvierta con respuestas propias” (Meirieu, 2010, p. 70), que le permitan configurar una vida valiosa. Esa es la finalidad de la empresa educativa que aquel que llega al mundo sea acompañado al mundo, que sea introducido en ese conocimiento por quienes le han precedido … que sea introducido y no moldeado, ayudado y no fabricado (Meirieu, 2010, p. 70).

Por eso:

quien tenga a su cargo la educación de alguien debe poner en ello toda su energía […] ha de comunicarle los saberes y los saber hacer más elaborados, ha de equipararle cuanto más mejor para que, cuando deba encararse solo al mundo, pueda asumir lo mejor posible las opciones personales, profesionales o políticas que tendrá que tomar (Meirieu, 2010, p. 28).

Conclusión

Por lo tanto, alguien debe hacerse responsable de la educación ¿no lo creen? De estudiar, prescribir e intervenir en este proceso de entrega y presentación del mundo a los nuevos, a los que no hace mucho, como ustedes, acaban de llegar. Y eso, déjenme decirles, nos compete directamente a nosotros, pedagogas y pedagogos, más que a cualquier ciencia de la educación. Somos quienes tenemos el privilegio y la responsabilidad de asumir y guiar la peligrosa y hermosa tarea de equipar a las nuevas generaciones con los saberes, las herramientas y las preguntas más elaboradas de nuestra cultura, para que, cuando se enfrenten solos al mundo, estén en condiciones de asumirlo, y con ello su futuro, y el de todas y todos.

Bibliografía

Hurtado, G. (2024). Biografía de la verdad: ¿Cuándo dejó de importarnos la verdad y por qué deberíamos recuperarla? Siglo XXI Editores.

Jaeger, W. (2024). Paideia: Los ideales de la cultura griega (J. Xirau y W. Roces, Trads.; 28.ª reimp.). Fondo de Cultura Económica.

Freire, P. (1992). Pedagogía de la esperanza: Un reencuentro con la pedagogía del oprimido (S. Mastrangelo, Trad.). Siglo XXI Editores.

Meirieu, P. (1998). Frankenstein educador (E. Olcina, Trad.). Laertes.

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  • Última Actualización: Jueves 27 Agosto 2026.